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A menudo se piensa que la ciencia es un territorio neutral, una búsqueda pura de la verdad basada en hechos. Sin embargo, filósofos como Thomas Kuhn y la epistemología feminista han demostrado que la ciencia es una práctica social moldeada por los valores de una sociedad. Estos valores determinan qué se investiga, cómo se interpretan los resultados y pueden generar consecuencias benéficas o desastrosas. El video busca desentrañar esta relación.
La integridad científica se basa en la honestidad, el rigor y la transparencia. La revisión por pares es un mecanismo clave para protegerla. No obstante, la presión por publicar para conseguir financiación y contratos ('publica o perece') genera incentivos perversos. Esto puede llevar a la publicación de trabajos irrelevantes o a conductas deshonestas, como el caso de Robert Gallo y el VIH, quien se atribuyó el descubrimiento de otro, traicionando el espíritu de colaboración.
La presión por ser el primero también obstaculiza el acceso a la información, ya que los científicos temen compartir datos preliminares y perder el crédito. Los preprints, portales online donde los científicos publican resultados, han surgido como una posible solución. Durante la pandemia de COVID-19, este sistema fue crucial para acelerar la investigación global, sugiriendo un futuro donde la ciencia se comparta abiertamente antes de la revisión por revistas.
La financiación privada de la investigación, motivada por la rentabilidad económica, puede generar conflictos de interés y poner en peligro la integridad científica. Ejemplos históricos incluyen la industria tabacalera, que durante décadas negó el vínculo entre fumar y el cáncer, y la epidemia de opiáceos en Estados Unidos, donde farmacéuticas minimizaron el potencial adictivo de sus productos mientras las adicciones y muertes se disparaban.
Surge la pregunta sobre la responsabilidad de un científico por los usos de su trabajo. La postura cientificista, defendida por Mario Bunge, distingue entre ciencia pura (neutral), ciencia aplicada y tecnología (donde radica la responsabilidad ética). En contraste, la postura anticentificista, como la de Óscar Varsavsky, argumenta que el descubrimiento científico y su aplicación tecnológica son inseparables, formando una 'tecnociencia' que debe evaluarse moralmente en conjunto. La verdad probablemente se encuentra en un punto intermedio, reconociendo que la decisión de investigar un área ya implica valores e intereses.
Los recursos limitados obligan a decidir dónde invertir. La perspectiva practicista aboga por priorizar la ciencia aplicada que resuelva problemas sociales urgentes a corto plazo. La perspectiva cientificista en política científica, sin embargo, defiende la financiación de la ciencia básica, ya que los grandes avances tecnológicos futuros dependen de descubrimientos fundamentales que hoy pueden parecer inútiles. Abandonar la ciencia básica, argumentan, conduce a la dependencia tecnológica.
El financiamiento de las ciencias sociales y humanas genera debate. Aunque es más difícil cuantificar sus beneficios directos en comparación con las ciencias naturales, estas disciplinas son cruciales. Pueden intervenir en el territorio (geografía), entender el orden social (derecho) y, según Martha Nussbaum, desarrollar una buena ciudadanía al promover el pensamiento crítico, la empatía y la capacidad de cuestionar tradiciones irracionales y relaciones de opresión.
La ciencia no es una torre de marfil, sino una actividad profundamente humana, atravesada por dilemas éticos y decisiones políticas que definen a la sociedad. La comprensión de estos complejos debates y la interacción de los valores en la ciencia es fundamental. La dirección de la ciencia no debe ser asunto exclusivo de científicos o políticos; los ciudadanos también tienen voz y responsabilidad en estas cuestiones trascendentales.