Summary
Highlights
El cuerpo humano es un planeta sorprendente, con desiertos, planicies, estepas y selvas a nivel microscópico. Sus profundidades albergan laberintos de cuevas y ríos subterráneos con condiciones extremas, y una gran cantidad de ecosistemas donde proliferan criaturas fascinantes. Al igual que en la Tierra, la vida en el cuerpo humano se manifiesta de maneras hermosas y extrañas.
Desde el nacimiento, el cuerpo se coloniza con bacterias. Las primeras llegan durante el parto a través del canal vaginal, entrenando el sistema inmune del bebé. En los primeros meses, estas bacterias conquistan las distintas regiones del nuevo “planeta”. En la adultez, cada persona lleva trillones de bacterias, muchas de ellas desconocidas.
Aún sabemos poco sobre los miles de millones de microorganismos que habitan nuestros cuerpos. Los científicos han descubierto 1400 especies de bacterias en el ombligo, 662 de las cuales eran desconocidas. Estas bacterias se alimentan de nuestra piel muerta y, a cambio, segregan una sustancia humectante que protege la piel.
La piel es el envoltorio externo que protege nuestro cuerpo, con propiedades sorprendentes como porosidad, impermeabilidad y elasticidad. Contribuye a la termorregulación mediante el sudor y es resistente al agua gracias a la queratina, y elástica por las elastinas.
Cuando las condiciones son favorables, como en zonas húmedas y cálidas, la "vegetación" es asombrosa. Hongos microscópicos se reproducen en nuestra piel y pulmones. También encontramos ácaros como el Demodex folliculorum, que habita en las pestañas y cejas, alimentándose de sebo y células muertas. Estos organismos suelen ser inofensivos, pero su proliferación puede causar infecciones.
Los piojos, que habitan en nuestro cabello, se agarran con ganchos poderosos para obtener calor, camuflaje y alimento. Han coevolucionado con los humanos durante millones de años, con teorías que sugieren su papel en la socialización. El ADN de los piojos evoluciona cuatro veces más rápido que el de sus anfitriones, revelando información sorprendente sobre nuestra historia evolutiva.
Las pulgas son capaces de hazañas físicas asombrosas, acelerando a 1-2 metros por segundo en un milisegundo. Su esqueleto externo rígido y su cerebro sin vasos sanguíneos les permiten soportar aceleraciones extremas, lo que les facilita saltar y cambiar de anfitrión para alimentarse de sangre.
El mosquito, en particular la hembra, es un campeón en la transmisión de enfermedades por su necesidad de sangre para poner huevos. Su picadura es indolora debido a la saliva anestésica y anticoagulante, pero puede introducir parásitos como el plasmodium, causante de la malaria, manipulando incluso el olor corporal del infectado para atraer más mosquitos.
Nuestro viaje continúa hacia las regiones cálidas y húmedas internas. La boca, una cavidad húmeda, es la primera estación para muchas criaturas, especialmente miles de millones de bacterias que mantienen el equilibrio químico. En el estómago e intestino, proliferan entre 10 y 100 billones de células microbianas, superando en número a nuestras propias células.
Las bacterias intestinales son indispensables para la vida y realizan más de 15.000 funciones distintas, como digerir alimentos, producir vitaminas y protegernos de microorganismos peligrosos. Su dieta favorita depende de nuestros hábitos alimenticios y su diversidad es esencial para la salud, influenciando incluso el peso corporal.
Además de las bacterias, gusanos parásitos pueden habitar nuestros cuerpos, entrando en forma de huevos ocultos en la comida. Para llegar al intestino, deben cruzar el estómago, cuya acidez no los mata si están protegidos por una carcasa. Una vez en el intestino, cada especie, como la lombriz intestinal o el gusano Schistosoma, prospera de distintas maneras.
Nuestro sistema sanguíneo es una vía de navegación para parásitos, pero también patrullan los ejércitos de nuestra defensa: el sistema inmune. Los linfocitos B identifican invasores y producen anticuerpos, mientras que los macrófagos atacan y eliminan a los agresores.
Algunos parásitos, como el Toxoplasma, evaden el sistema inmune y viven escondidos en las células, incluso en el cerebro. Los experimentos demuestran que el Toxoplasma puede alterar el comportamiento de las ratas, haciéndolas menos temerosas a los depredadores para facilitar su reproducción en gatos. En humanos, puede influir en trastornos neurológicos y, si el sistema inmune se debilita, puede reactivarse y causar encefalitis mortal.
Un fallo en nuestro sistema inmune, como en enfermedades autoinmunes, podría estar relacionado con la pérdida de nuestra relación con ciertos microorganismos con los que evolucionamos. Estos "viejos amigos" eran cruciales para la activación del sistema inmune, y su ausencia, debido a cambios en nuestro estilo de vida y falta de contacto con entornos naturales, ha desequilibrado nuestra salud.
En los imperios microscópicos de nuestro cuerpo, las bacterias sufren constantes ataques de virus bacteriófagos. Estos virus se adhieren a las bacterias e inyectan su material genético, multiplicándose hasta hacerlas explotar. Se estima que cada uno de nosotros alberga 300 millones de estos virus, que proliferan en la mucosidad y actúan como un ejército aliado contra las bacterias nocivas.
Aunque los virus suelen ser vistos como agresores, algunos, como los retrovirus, pueden instalarse permanentemente en nuestro ADN. Alrededor del 10% de nuestro genoma está compuesto por retrovirus integrados, legado de epidemias pasadas. Sorprendentemente, estos virus pueden reactivarse temporalmente, siendo cruciales para la formación de la placenta y la protección del embrión durante el embarazo, lo que demuestra su papel vital en nuestra supervivencia y evolución.